lunes, 2 de mayo de 2016

No hay paz sin tormento



Odio estar separada.
Odio haber hecho pasar a mis hijos por esto.
Y lo voy a sufrir hasta que me muera.

Los quiero tanto..
Ellos son mi hambre,
son mis ganas de luchar,
son mi incertidumbre
mi certeza,
la fuerza de vivir.
Es un amor verdadero.
Que no se busca,
que se encuentra.

Mi ilusión era encontrarlo también en la calle,
cualquier día de este trajín de días.
Y aún la mantengo.

Y como no, vuelves a mi cabeza. Hoy he visto alguna foto. Tan guapo como siempre. Tan guapo como me lo pareciste la primera vez que te vi. Yo no había sentido esto muchas veces en mi vida. Quizás fue mi inexperincia, mi error. Y sigo pensando que ni siquiera te has merecido nada, y sin embargo, no puedo evitar que te me claves cuando veo alguna foto tuya. Supongo que así es el amor, que el amor, es dar. Y así lo doy, a sabiendas de que me haces trizas.

Valgo mucho, y no por el poco material que pueda juntar. No valgo por eso. Valgo por mi corazón, por mi mente y por mi cuerpo. Por la filosofía de vida de mi aún pequeña familia, Valgo por todo lo bueno que podemos dar. Valgo oro, y más que oro, por toda esta sensibilidad que guardamos en esta casa. A veces sueño que mis hijos crecen, y puedo enseñarles las artes y compartirlas juntos. Ellos son aire, como yo.  Y algunas veces esto me hace pensar que quizás esta casa guarde mucho viento, pero luego recapacito, y digo para mis adentros, que es imposible la paz, si primero no hay un tormento.






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