domingo, 16 de octubre de 2016
Deshielo en paz
Abro la puerta de la habitación. Está dormido. Escucho sus pequeños ronquidos. Me acerco y veo su cara angelical. Tan rubio, tan guapo, tan tierno. Le beso la mejilla y le tapo con el edredón, hasta la oreja. Salgo al pasillo y voy a ver a su hermana. Abro la puerta y allí esta, respirando fuerte. Aún es pronto para saber qué carácter forjará, pero siempre tengo la impresión de que será como respira cuando duerme, fuerte. Le doy en beso en la mejilla. Está dormida, pero me intuye cada noche. Casi siempre, al día siguiente, me cuenta que le dí un beso antes de acostarme. La miro lo más dulcemente que puede mirar una madre a un hijo, y le tapo con la colcha hasta la oreja. Cierro la puerta.
Me dirijo, ya cansada y con sueño, a mi alcoba. Me lavo los dientes. Me pongo las lentillas. Sí sí, me las pongo para dormir. Hace años quise operarme la miopía, pero los oftalmólogos, tras unas pruebas, me desaconsejaron la intervención por culpa de una retina muy fina. Tras mi decepción y tras investigar mucho por internet, descubrí la existencia de unas lentillas, duras, que corregían la miopía mientras duermes. Así que me informé, y hace varios años que las uso, y me van fantásticamente bien. Así que lave las lentillas con suero, les puse una gota de humectante a cada una de ellas, y me las coloqué en los ojos. Casi siempre sale rodando alguna lágrima por mi cara, producto del suero y de las gotas. Así que, con frecuencia, me acuesto llorando. Dejo la bata colgada. Destapo la cama. Me meto semitumbada y me arropo. Me encanta mi cama. Cada noche doy gracias por tener una, y pienso en todos los pobrecitos que no tienen cama para dormir. Pienso en la suerte que tengo. En lo suaves que son mis sábanas, en lo mullida que es mi almohada. En la luz perfecta de mi lamparita de noche. Y en la tranquilidad que siento escuchando los pequeños ronquidos de mis niños desde mi cuarto. Pienso en que todo está como tiene que estar. Pienso en que todo está bien.
A menudo duermo con el portátil. Me hace compañía. Muchas veces me lo preparo al lado pensando en escribir algo. Pensando en a ver si se me enciende una lucecita y hago algo grandioso. Pero muchas noches me vence el cansancio, y no llego ni a abrir la pantalla. A menudo pienso que este cansancio mío impide que grandes obras puedan ser escritas o pensadas. Puedo hacerlo, pero el sueño me lleva casi siempre.
Hubo días con noches muy malas. Un día, después de 7 años sin fumar, apagué el primer cigarrillo en un pañuelo mojado de lágrimas. Mientras, como casi siempre hago cuando estoy triste, le rogaba al cielo que trajera una tormenta. "Tormenta acude a mi llanto", repito a veces. Esa noche, después de apagar mi primer cigarrillo en años, y después de desear a la tormenta, llovió. Empezó a llover con fuerza, y el agua que caía a cántaros me abrazaba en el sofá de mi balcón. Por lo menos, era un abrazo de algo. Y yo lo necesitaba.
Muchas veces pienso en que soy un mal ejemplo para mis hijos. De echo lo pienso siempre. Me pregunto si mis padres, si los padres de mis amigos, si los padres de todos los padres, si a todos los padres del mundo, les pasará igual que a mí. Se intenta hacerlo todo lo mejor posible, eso está claro. Se intenta que los niños no tengan carencias, que sean lo más perfectos posible. Pero siempre, siempre, cabe la duda de si estás haciendo lo correcto.
Nunca había querido ser madre. Pensaba en esterilizarme cuando cumpliera los 18 años. Si algo tenía claro por aquella época de adolescente, era que la maternidad no estaba hecha para mí. Qué paradoja es la vida. Mi ex me convenció para que no lo hiciera. Era irreversible y la vida da muchas vueltas. Yo pensé, bueno, aunque no me esterilice no tendré hijos si no quiero. Pensamiento erróneo. Fallo del sistema. No sólo uno, me hizo dos.
Hoy en día, pienso que debería haberme esterilizado como tenía previsto. Pero no me arrepiento de tener a mis hijos. Son dos, pero son tan diferentes uno del otro. Y los quiero tanto, pero tanto. Todo el mundo debería tener hijos. Una persona no es completa si no vive esta experiencia. Se morirá perdiéndose sensaciones, emociones. Sentimientos que sólo los vives cuando te conviertes en padre.
Yo sólo intenté ser fría. Cuando creía que me iba a volver buena, mi odio aumentó. Yo no podía ablandecerme, yo debía ser mala. Intenté ser fría, sólo que mi corazón no se congela. Lo siento latir. Siento algo caliente en mi pecho que derrite mi corteza de hielo. Intenté ser fría, pero mi corazón no se congela. Intenté ser fría, sólo que mi corazón pelea.
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